2002

The Kagas - Cultomaorí
Sale al mercado un tributo al combo de Nueva Zelanda que sonaba como Evaristo con los R.I.P.

Los independientes underground, la catalana El Lokal y la madrileña Potencial Hardcore, han licenciado para nuestro mercado (y también para el portugués y el sudamericano) el excelente, antitodo y atrabiliario álbum tributo a The Kagas, el histórico cuarteto neozelandés que, durante una conflictiva trayectoria plena de oposición mediática y acoso institucional, logró publicar de forma semiclandestina un puñado de vinilos fundamentales en el R&R austral.

¿Y por qué aparecen The Kagas en estas páginas reservadas a la movida autóctona?, os preguntaréis los más avispadillos. Pues porque lo componían cuatro vascos, descendientes de inmigrantes en Nueva Zelanda. En la imagen aparecen sólo tres, porque el batería, Marik Only, se hizo animista y pensaba que las fotos robaban el alma a los humanos. Así que los retratados son: Cebo Jones, bajo; al centro, Johnny Thorpen, líder, ideólogo e icono escénico-vocal; y Marc Lapatta, guitarrista.

Cebo, Mark y Marik son hermanos y, en realidad, se apellidan Lopetegui (de ahí lo de Lapatta). Son los tres vástagos de una pareja de Mondragón que, tras la Guerra Civil, acabó en Wellington, la capital de Nueva Zelanda, donde, durante los años 40, procrearon a tres vasquitos que se integrarían perfectamente en la sociedad polinésica, y no sólo por los tatuajes que adornaban sus rostros, para disgusto de la amatxu.

Patriarcas polinesios

En la high school (instituto) conocieron a Johnny Thorpen, en realidad, Juanito Baldar, apellido materno que tradujo en el registro civil. Su abuelo, Evaristo Baldar (Salvatierra, 1840; Auckland, 1920), era un bardo que recorrió los caminos al lado de Iparraguirre. El caso es que discutieron y el abuelo Baldar emigró a Nueva Zelanda para buscar oro, pero se conformó criando una cabaña ovejera que le proporcionó una fortuna que dilapidó en timbas de Auckland.

Entonces se vio obligado pedir propinas a cambio de cantar, ¡en euskera!, temas como Gernikako arbola, que él aseguraba era composición propia. Los neozelandeses le trataban con cariño, le proporcionaban bebida y le llamaban the basque bluesman. Y en 1899, ansiando dejar semilla con el cambio de siglo, matrimonió con una madura riojana, María Benito, con la que tuvo una única hija, Miren Baldar (Wellington, 1900-67). Miren trabajó de modistilla toda la vida hasta que, durante la II Guerra Mundial, fue seducida por un fornido marine de la 4ª División que se hallaba de permiso. Le prometió boda, pero lo desintegró un obús en la batalla de Iwojima.

Ese 1945 nació Johnny, que influyó decisivamente en los Lopetegui por su carisma y experiencia en un grupo de folk catequista que se reconvirtió en greñuda patrulla de garaje aborigen que cambió tantas veces de nombre como su líder de apodo: Evaristo, Julio Kageta, El Pollo Maorí, Txus…

Los cuatro se juntaron y formaron The Kagas, combo que duró del 62 al 78. Fue tan revolucionario y provocativo que tuvo en contra desde la Commonwealth a los patriarcas polinesios. Adelantados a su tiempo, los vascozelandeses chocaron con la prensa de su país de adopción, tanto especializada como generalista, como documentan los recortes reproducidos en el libreto del CD que nos ocupa, Nuevos héroes del rock: «Auténticos irresponsables con su postura a favor de las drogas, un cantante (por decir algo) muy deficiente y un esquema musical flojo y repetitivo»; «otra cuadrilla de golfos que no quieren trabajar»; o la infame cita que los abocó a la disolución: «Trasnochado. Esto ya lo hicieron Sex Pistols».

Menos mal que 19 grupos neozelandeses, caso de Los Colocones, Los Comunistas Violentos o Los Caníbales, les honran espetando diatribas de punk, hardcore y rock urbano que critican a todo lo establecido y dan pábulo a vivir la vida como la juventud demanda, ¿o no tienen derecho? (debido al éxito mundial del tributo, The Kagas quizá se reúnan para un gira que recalará en su querida Euskadi en enero).

 
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